Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Amigo —repuso el rey—, vos habláis de una batalla. Esto es un motÃn, y acabaré con él cuando me plazca fruncir el entrecejo.
El otro replicó con indiferencia:
—Es posible, sire. En tal caso, es que la hora del pueblo no ha llegado.
Guillaume Rym se creyó en la obligación de intervenir.
—Maese Coppenole, estáis hablando a un poderoso rey.
—Ya lo sé —contestó gravemente el calcetero.
—Dejadle hablar, señor Rym, amigo mÃo —dijo el rey—. Me gusta esa franqueza. Mi padre, Carlos VII, decÃa que la verdad estaba enferma. Yo creÃa que estaba muerta y que no habÃa encontrado confesor. Maese Coppenole me ha sacado de mi error.
Entonces, apoyando con familiaridad una mano en el hombro de Coppenole, añadió:
—DecÃais, pues, maese Jacques…
—Digo, sire, que quizá tengáis razón y que la hora del pueblo aún no ha llegado en vuestro paÃs.
Luis XI lo miró con sus ojos penetrantes.
—¿Y cuándo llegará esa hora?
—La oiréis sonar.
—¿En qué reloj, si tenéis la bondad de decÃrmelo?