Nuestra Señora de París

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Coppenole, con su actitud tranquila y rústica, hizo que el rey se acercara a la ventana.

—Escuchad, sire. Aquí hay un torreón, una campana, cañones, burgueses y soldados. Cuando la campana toque a rebato, cuando los cañones rujan, cuando el torreón se derrumbe con gran estrépito, cuando burgueses y soldados griten y se maten entre sí, será que la hora está sonando.

El rostro de Luis XI se tornó sombrío y pensativo. El rey se quedó un momento en silencio y luego golpeó suavemente con la mano, como si se tratara de la grupa de un corcel, el grueso muro del torreón.

—¡Ni hablar! —dijo—. ¿Verdad que no te derrumbarás tan fácilmente, mi buena Bastilla? —Y volviéndose bruscamente hacia el osado flamenco, le preguntó—: ¿Habéis visto alguna vez una revuelta, maese Jacques?

—La he hecho —respondió el calcetero.

—¿Qué hacéis para hacer una revuelta? —preguntó el rey.


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