Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh! —respondió Coppenole—, no es muy difÃcil. Hay cien maneras. Para empezar, tiene que haber descontento en la ciudad, lo cual no es raro. También cuenta el carácter de los habitantes. Los de Gante son propensos a la revuelta. Siempre quieren al hijo del prÃncipe, nunca al prÃncipe. Pues bien, una mañana, supongo, entran en mi establecimiento y me dicen: Coppenole, pasa esto, pasa aquello, la doncella de Flandes quiere salvar a sus ministros, el gran baile dobla el impuesto sobre las verduras o cualquier otra cosa. Lo que sea. Yo dejo el trabajo, salgo de la calceterÃa y me pongo a gritar en la calle: ¡A saco! Siempre hay por ahà algún barril desfondado. Cojo uno, me subo encima y empiezo a decir en voz bien alta lo primero que se me ocurra, lo que me preocupe; y cuando uno es del pueblo, sire, siempre hay algo que le preocupa. Entonces la gente se agolpa, grita, tocan a rebato, arman a los villanos con las armas que han quitado a los soldados, los del mercado se suman, ¡y adelante! Y siempre será asà mientras haya señores en los señorÃos, burgueses en los burgos y campesinos en los campos.
—¿Y contra quién os rebeláis as� —preguntó el rey—. ¿Contra vuestros bailes? ¿Contra vuestros señores?
—A veces. Depende. Contra el duque también, a veces.
Luis XI fue a sentarse y dijo sonriendo: