Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah! Aquà por el momento solo es contra los bailes.
En ese instante Olivier el Gamo volvió. Lo seguÃan dos pajes que llevaban las cosas para afeitar al rey; pero lo que llamó la atención a Luis XI es que iba acompañado además del preboste de ParÃs y del caballero de la guardia, los cuales parecÃan consternados. El rencoroso barbero tenÃa también aspecto consternado, pero secretamente contento. Fue él quien tomó la palabra:
—Sire, pido perdón a vuestra majestad por la calamitosa noticia que os traigo.
El rey se volvió tan vivamente que desgarró la estera del suelo con las patas de la silla.
—¿Qué ocurre?
—Sire —prosiguió Olivier el Gamo con la expresión malvada de un hombre que se alegra de tener que asestar un golpe violento—, esa sedición popular no es contra el baile del palacio.
—¿Contra quién, entonces?
—Contra vos, sire.
El viejo rey se puso en pie y se irguió como un joven.
—¡ExplÃcate, Olivier! ¡ExplÃcate! ¡Y piensa bien lo que dices, porque te juro por la cruz de Saint-Lô que, si nos estás mintiendo, la espada que cortó el cuello del señor de Luxemburgo no está tan mellada que no pueda segar también el tuyo!