Nuestra Señora de París

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El juramento era formidable. Luis XI solo había jurado dos veces en su vida por la cruz de Saint-Lô.

Olivier abrió la boca para responder:

—Sire…

—¡Ponte de rodillas! —lo interrumpió violentamente el rey—. ¡Tristan, vigila a este hombre!

Olivier se puso de rodillas y dijo fríamente:

—Sire, una bruja fue condenada a muerte por vuestro tribunal del Parlamento. La joven se refugió en Notre-Dame y ahora el pueblo quiere rescatarla por la fuerza. El señor preboste y el señor caballero de la guardia, que vienen del motín, están aquí para desmentirme si no es la verdad. Es Notre-Dame lo que el pueblo quiere asaltar.

—¡Ya, claro! —dijo el rey en voz baja, pálido y temblando de cólera—. ¡Notre-Dame! ¡Quieren asaltar a Nuestra Señora, a mi buena dueña, en su catedral…! ¡Levántate, Olivier! Tienes razón. Te concedo el cargo de Simon Radin. Tienes razón… Es a mí a quien atacan. La bruja está bajo la protección de la iglesia, la iglesia está bajo mi protección. ¡Y yo que creía que se trataba del baile! ¡Es contra mí!


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