Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Entonces, rejuvenecido por el furor, empezó a andar enérgicamente por la habitación. Ya no reía, tenía un aspecto terrible, iba y venía, el zorro se había transformado en hiena, parecía que la indignación le impedía hablar, sus labios se movían y sus puños descarnados se crispaban. De pronto levantó la cabeza, sus ojos hundidos parecieron llenos de luz y su voz estalló como un clarín:

—¡Sin piedad, Tristan! ¡Sin piedad hacia esos bribones! ¡Ve, Tristan, amigo mío! ¡Mata! ¡Mata!

Pasado aquel arrebato, volvió a sentarse y dijo con una rabia fría y concentrada:

—¡Aquí, Tristan! Cerca de nosotros, en la propia Bastilla, están las cincuenta lanzas del vizconde de Gif, lo que hace trescientos caballos. Cogedlos. Está también la compañía de los arqueros de nuestra ordenanza del señor de Châteaupers. Cogedla. Sois preboste de los mariscales, luego tenéis a los hombres de vuestro prebostazgo. Cogedlos. En el hotel Saint-Pol encontraréis cuarenta arqueros de la nueva guardia del delfín. Cogedlos. Y con todo ello, id corriendo a Notre-Dame… ¡Ah, señores villanos de París, os lanzáis contra la corona de Francia, la santidad de Nuestra Señora y la paz de esta república…! ¡Extermina, Tristan! ¡Extermina! Que no quede ni uno que no esté para ir a Montfaucon.

Tristan se inclinó.

—¡Entendido, sire!


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