Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Tras un silencio, añadió:
—¿Y qué hago con la bruja?
Esta pregunta hizo pensar al rey.
—¡Ah! —dijo—. ¡La bruja! Señor de Estouteville, ¿qué querÃa hacer el pueblo con ella?
—Sire —respondió el preboste de ParÃs—, supongo que, puesto que el pueblo quiere sacarla de su refugio de Notre-Dame, es que esa impunidad le ofende y quiere colgarla.
El rey pareció reflexionar profundamente.
—Bien, compadre —dijo, dirigiéndose a Tristan l’Hermite—, extermina al pueblo y cuelga a la bruja.
—Eso es —dijo Rym en voz baja a Coppenole—, castigar al pueblo por querer y hacer lo que el pueblo quiere.
—Está bien, sire —contestó Tristan—. Entonces, si la bruja está todavÃa en Notre-Dame, ¿hay que prenderla pese al asilo?
—¡Pascua de Dios, el asilo! —dijo el rey, rascándose una oreja—. Aun asÃ, es preciso que esa mujer sea ahorcada.
Entonces, como asaltado por una idea súbita, se arrodilló delante de su silla, se quitó el sombrero, lo dejó sobre el asiento y, mirando devotamente uno de los amuletos de plomo que lo adornaban, dijo con las manos juntas: