Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Nuestra Señora de París, mi graciosa patrona, perdonadme. Solo lo haré esta vez. Es preciso castigar a esa criminal. Os aseguro, Virgen santa, señora mía, que es una bruja indigna de vuestra amable protección. Vos sabéis, señora, que muchos príncipes muy piadosos han violado el privilegio de las iglesias por la gloria de Dios y necesidades de estado. San Hugo, obispo de Inglaterra, permitió al rey Eduardo prender a un hechicero en su iglesia. San Luis de Francia, mi señor, hizo lo mismo en la iglesia de san Pablo; y don Alfonso, hijo del rey de Jerusalén, en la propia iglesia del Santo Sepulcro. Perdonadme por esta vez, Nuestra Señora de París. No volveré a hacerlo, y os ofreceré una bella imagen de plata igual que la que el año pasado le ofrecí a Nuestra Señora de Écouys. Que así sea.

Se santiguó, se levantó, volvió a cubrirse la cabeza y le dijo a Tristan:

—Daos prisa, compadre. Que os acompañe el señor de Châteaupers. Tocad a rebato, aplastad a la chusma y colgad a la bruja. Dicho está. Y es mi voluntad que la ejecución sea realizada por vos. Me rendiréis cuenta de ello… Vamos, Olivier, aféitame. Esta noche no voy a acostarme.

Tristan l’Hermite hizo una reverencia y salió. El rey, entonces, despidiendo con un ademán a Rym y Coppenole, dijo:


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