Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Tales palabras, pronunciadas con severidad, hicieron que la insolencia volviera al rostro despechado de maese Olivier.
—¡Vaya! —murmuró casi en voz alta—. Salta a la vista que el rey está hoy enfermo. Se lo da todo al médico.
Luis XI, lejos de irritarse por esta inconveniencia, añadió con cierta amabilidad:
—¡Ah! Olvidaba que también os nombré mi embajador en Gante ante doña MarÃa… SÃ, señores —añadió el rey volviéndose hacia los flamencos—, este ha sido embajador… En fin, compadre —prosiguió, dirigiéndose a maese Olivier—, no nos enfademos, somos viejos amigos. Se ha hecho muy tarde. Hemos terminado el trabajo. Afeitadme.
Sin duda nuestros lectores no han tenido que esperar hasta ahora para reconocer en maese Olivier a ese FÃgaro terrible que la providencia, esa gran hacedora de dramas, introdujo tan hábilmente en la larga y sangrienta comedia de Luis XI. No es aquà donde nos extenderemos sobre esta figura singular. Este barbero del rey tenÃa tres nombres. En la corte lo llamaban cortésmente Olivier el Gamo, y entre el pueblo, Olivier el Diablo. Su verdadero nombre era Olivier el Malo.
Olivier el Malo permaneció inmóvil, poniéndole mala cara al rey y mirando de soslayo a Jacques Coictier.
—¡SÃ, sÃ! ¡El médico! —decÃa entre dientes.