Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Comprendo —dijo en un tono seco—. Maese Olivier —prosiguió—, el mariscal de Boucicaut decÃa: «No hay más dones que los de un rey, no hay más pesca que en el mar». Veo que sois de la misma opinión que el señor de Boucicaut. Ahora escuchad esto. Tenemos buena memoria. En 1468 os nombramos ayuda de nuestra cámara; en 1469, guarda del castillo del puente de Saint-Cloud con cien libras tornesas de estipendio (vos las querÃais parisienses). En noviembre de 1473, mediante cartas entregadas en Gergeole, os hicimos conserje del bosque de Vincennes, en lugar de Gilbert Acle, escudero; en 1475, oficial del bosque de Rouvraylez-Saint-Cloud, en sustitución de Jacques Le Maire; en 1478 os asignamos graciosamente, mediante real despacho con doble sello de lacre verde, una renta de diez libras parisienses, para vos y vuestra mujer, en la plaza de los comerciantes, sita en la escuela Saint-Germain; en 1479 os nombramos oficial del bosque de Senart, en lugar de aquel pobre Jehan Daiz; luego, capitán del castillo de Loches; luego, gobernador de Saint-Quentin; luego, capitán del puente de Meulan, del que os hacéis llamar conde. De los cinco sueldos de multa que paga todo barbero que afeite en un dÃa de fiesta, tres sueldos son para vos y el resto para nos. Accedimos a cambiar vuestro apellido, El Malo, que se ajustaba demasiado a vuestra cara. En 1474 os concedimos, con gran disgusto de nuestros nobles, escudo de armas de mil colores que os hacen pecho de pavo real. ¡Pascua de Dios! ¿TodavÃa no estáis saciado? ¿No es suficientemente abundante y milagrosa la pesca? ¿No teméis que un salmón de más pueda hacer zozobrar vuestra barca? El orgullo os perderá, compadre. Al orgullo siempre van pisándole los talones la ruina y la vergüenza. Reflexionad sobre esto y callad.