Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Al salir de la Bastilla, Gringoire bajó por la calle Saint-Antoine a la velocidad de un caballo desbocado. Cuando llegó a la puerta Baudoyer, caminó en lÃnea recta hacia la cruz de piedra que se alzaba en el centro de aquella plaza, como si hubiera podido distinguir en la oscuridad la figura de un hombre vestido de negro y encapuchado que estaba sentado en los escalones de la cruz.
—¿Sois vos, maestro? —dijo Gringoire.
El personaje de negro se levantó.
—¡Muerte y pasión!, me encendéis la sangre, Gringoire. El hombre que está en la torre de Saint-Gervais acaba de anunciar la una y media de la mañana.
—¡Oh! —replicó Gringoire—. La culpa no ha sido mÃa, sino de la guardia y del rey. Acabo de librarme de una buena. Siempre estoy a punto de que me ahorquen. Es una predestinación.
—Siempre estás a punto de algo —dijo el arcediano—. Pero démonos prisa. ¿Tienes el santo y seña?
—Maestro, he visto al rey, ¿os dais cuenta de lo que es eso? Vengo de allÃ. Lleva calzas de fustán. Ha sido toda una aventura.