Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh, qué torrente de palabras! ¿Qué me importa a mà tu aventura? ¿Tienes el santo y seña de los truhanes?
—Lo tengo, no os preocupéis. Es «espadÃn callejero».
—Bien. Si no, no podrÃamos llegar hasta la iglesia. Los truhanes han cortado las calles. Afortunadamente, parece ser que han encontrado resistencia. Quizá todavÃa lleguemos a tiempo.
—SÃ, maestro. Pero ¿cómo entraremos en Notre-Dame?
—Tengo la llave de las torres.
—¿Y cómo saldremos?
—Detrás del claustro hay una pequeña puerta que da al Terrain, y desde ahÃ, al rÃo. He cogido la llave, y esta mañana he dejado amarrada una barca.
—¡He estado en un tris de ser colgado! —repitió Gringoire.
—¡Rápido! ¡Vamos! —dijo el sacerdote.
Y los dos bajaron deprisa hacia la Cité.