Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Quizá recuerde el lector la situación crÃtica en que dejamos a Quasimodo. El valiente sordo, acosado por todas partes, habÃa perdido, si no el coraje, al menos toda esperanza de salvación, no para él (no pensaba en sà mismo), sino para la egipcia. CorrÃa desesperado por la galerÃa. Notre-Dame iba a ser tomada por los truhanes. De repente un galope de caballos invadió las calles contiguas, y, junto con una larga hilera de antorchas y una nutrida columna de jinetes lanza en ristre, esos ruidos furiosos desembocaron en la plaza como un huracán:
—¡Por Francia! ¡Por Francia! ¡Muerte a los villanos! ¡Llega Châteaupers! ¡Y los del prebostazgo!
Los truhanes, aterrados, dieron media vuelta.
Quasimodo, que no oÃa, vio las espadas desenvainadas, las antorchas, los hierros de las picas, toda aquella caballerÃa, al frente de la cual reconoció al capitán Phoebus, vio la confusión de los truhanes, el espanto en unos, el desconcierto en los mejores, y aquella ayuda inesperada le hizo recuperar tanta fuerza que echó de la iglesia a los primeros asaltantes, que estaban saltando ya a la galerÃa.
Eran, en efecto, las tropas del rey que llegaban.