Nuestra Señora de París

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7 ¡Llega Châteaupers!

Quizá recuerde el lector la situación crítica en que dejamos a Quasimodo. El valiente sordo, acosado por todas partes, había perdido, si no el coraje, al menos toda esperanza de salvación, no para él (no pensaba en sí mismo), sino para la egipcia. Corría desesperado por la galería. Notre-Dame iba a ser tomada por los truhanes. De repente un galope de caballos invadió las calles contiguas, y, junto con una larga hilera de antorchas y una nutrida columna de jinetes lanza en ristre, esos ruidos furiosos desembocaron en la plaza como un huracán:

—¡Por Francia! ¡Por Francia! ¡Muerte a los villanos! ¡Llega Châteaupers! ¡Y los del prebostazgo!

Los truhanes, aterrados, dieron media vuelta.

Quasimodo, que no oía, vio las espadas desenvainadas, las antorchas, los hierros de las picas, toda aquella caballería, al frente de la cual reconoció al capitán Phoebus, vio la confusión de los truhanes, el espanto en unos, el desconcierto en los mejores, y aquella ayuda inesperada le hizo recuperar tanta fuerza que echó de la iglesia a los primeros asaltantes, que estaban saltando ya a la galería.

Eran, en efecto, las tropas del rey que llegaban.


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