Nuestra Señora de París

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Los truhanes actuaron con valentía. Se defendieron desesperadamente. Atrapados en un flanco por la calle Saint-Pierre-aux-Boeufs y por detrás por la calle del Atrio, acorralados contra la catedral, que seguían intentando tomar y que Quasimodo defendía, asediantes y asediados a un tiempo, se hallaban en la situación singular en que más adelante se encontró en el famoso sitio de Turín, en 1640, entre el príncipe Tomás de Saboya, al que asediaba, y el marqués de Leganés, que lo bloqueaba, el conde Henri d’Harcourt, Taurinum obsessor idem et obsessus,[138] como dice su epitafio.

La pelea fue terrible. A carne de lobo, diente de perro, como dice Pierre Mathieu. Los caballeros del rey, entre los que Phoebus de Châteaupers destacaba por su comportamiento valeroso, no daban tregua, y la hoja de la espada acababa con lo que había escapado a la punta. Los truhanes, mal armados, echaban espumarajos de rabia por la boca y mordían. Hombres, mujeres y niños se abalanzaban sobre las grupas y los pechos de los caballos y se colgaban de ellos como gatos, con los dientes y las uñas de las cuatro extremidades. Otros golpeaban a los arqueros en la cara con antorchas encendidas. Otros les clavaban ganchos de hierro a los jinetes en el cuello, tiraban de ellos y destrozaban a los que caían al suelo.


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