Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Se vio a uno que tenía una ancha guadaña reluciente y que durante largo rato segó las patas de los caballos. Era atroz. Cantaba una canción con voz nasal mientras manejaba su guadaña. Cada vez que asestaba un golpe, trazaba a su alrededor un gran círculo de miembros cortados. Avanzaba de este modo entre la caballería, con la lentitud tranquila, el balanceo de cabeza y la respiración regular de un segador trabajando en un trigal. Era Clopin Trouillefou. Un disparo de arcabuz lo abatió.
Mientras tanto, las ventanas habían vuelto a abrirse. Los vecinos, al oír los gritos de guerra de las tropas del rey, se animaron a intervenir en el asunto, y desde todos los pisos llovían balas sobre los truhanes. El Atrio estaba lleno de un humo espeso, surcado por el fuego de la mosquetería. Se distinguía confusamente la fachada de Notre-Dame y el decrépito Hôtel-Dieu, donde algunos enfermos macilentos miraban desde lo alto de su tejado salpicado de luceras.
Finalmente los truhanes cedieron. El cansancio, la falta de buenas armas, el miedo producido por la sorpresa, los disparos desde las ventanas, el decidido ataque de las tropas del rey, todo se alió para abatirlos. Rompieron la línea de los asaltantes y huyeron en todas direcciones, dejando el Atrio sembrado de muertos.