Nuestra Señora de París

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Cuando Quasimodo, que no había dejado ni un solo momento de combatir, vio esa derrota, cayó de rodillas y levantó los brazos al cielo; luego, ebrio de alegría, echó a correr y subió a la velocidad de un pájaro a la celda cuyas proximidades tan intrépidamente había defendido. Ahora solo tenía un pensamiento: arrodillarse ante la que acababa de salvar por segunda vez.

Cuando entró en la celda, la encontró vacía.













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