Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En el momento en que los truhanes habían asaltado la iglesia, Esmeralda dormía.
Muy pronto, el rumor creciente alrededor del edificio y los balidos inquietos de la cabra, que se había despertado antes que ella, la habían arrancado del sueño. Se había sentado en la cama, había escuchado, había mirado, hasta que, asustada por el resplandor y el ruido, había salido de la celda para ver qué estaba ocurriendo. El aspecto de la plaza, la agitación que allí reinaba, el desorden de aquel asalto nocturno, aquella muchedumbre repulsiva que saltaba como una nube de ranas, medio entrevista en las tinieblas, el griterío ronco de aquella multitud, las antorchas encendidas desplazándose y cruzándose en esa oscuridad como fuegos fatuos sobre la superficie brumosa de los pantanos, toda aquella escena le produjo el efecto de una misteriosa batalla entablada entre los fantasmas del aquelarre y los monstruos de piedra de la iglesia. Imbuida desde la infancia de las supersticiones de la tribu gitana, su primer pensamiento fue que había sorprendido a los extraños seres propios de la noche obrando un maleficio. Entonces corrió aterrada a esconderse en su celda, pidiendo a su camastro una pesadilla menos horrible.