Nuestra Señora de París

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Poco a poco, sin embargo, los primeros vapores del miedo se habían disipado; con el ruido creciente y otras manifestaciones de la realidad, se había sentido rodeada, no de espectros, sino de seres humanos. Su miedo había dejado entonces de aumentar para transformarse. Había pensado en la posibilidad de un motín popular para sacarla de su refugio. La idea de perder nuevamente la vida, la esperanza, a Phoebus —al que seguía entreviendo en su futuro—, el abismo profundo de su debilidad, la imposibilidad de escapar, la falta de apoyo, su abandono, su aislamiento, esos pensamientos y mil más la habían abrumado. Había caído de rodillas, apoyado la cabeza en la cama, juntado las manos sobre la cabeza, llena de ansiedad y de miedo, y, aunque era egipcia, idólatra y pagana, se había puesto a pedir ayuda sollozando al Dios cristiano y a rezar a Nuestra Señora, su anfitriona. Pues, aunque no se crea en nada, hay momentos en la vida en que uno siempre se acoge a la religión del templo que tiene más a mano.

Permaneció así prosternada durante largo rato, temblando, en realidad, más que rezando, helada por el aliento cada vez más cercano de aquella multitud enfurecida, sin comprender la razón de aquella algarada, sin saber qué tramaban, qué hacían, qué querían, mas presintiendo un desenlace terrible.


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