Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Y hete aquà que en medio de esta angustia oyó pasos cerca de ella. Se volvió. Dos hombres, uno de los cuales llevaba una linterna, acababan de entrar en la celda. Esmeralda profirió un débil grito.
—No temáis —dijo una voz que no le resultaba desconocida—, soy yo.
—¿Quién sois vos? —preguntó ella.
—Pierre Gringoire.
Aquel nombre la tranquilizó. Levantó los ojos y, efectivamente, reconoció al poeta. Pero habÃa junto a él una figura negra, cubierta de la cabeza a los pies, que la hizo enmudecer.
—¡Ah! ¡Djali me ha reconocido antes que vos! —añadió Gringoire en un tono de reproche.
La cabrita, en efecto, no habÃa esperado a que Gringoire se identificara. En cuanto este habÃa entrado, se habÃa puesto a frotarse tiernamente contra sus piernas, cubriendo al poeta de caricias y de pelos blancos, pues estaba pelechando. Gringoire correspondÃa acariciándola también.
—¿Quién está con vos? —preguntó la egipcia en voz baja.
—Tranquilizaos —respondió Gringoire—, es un amigo mÃo.
Entonces el filósofo, dejando la linterna en el suelo, se agachó y exclamó con entusiasmo, estrechando a Djali entre sus brazos: