Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Oh! ¡Es un gracioso animalito, sin duda más considerable por su limpieza que por su grandeza, pero ingenioso, sutil y tan culto como un gramático! Veamos, Djali, ¿no has olvidado ninguno de tus trucos? ¿Qué hace maese Jacques Charmolue…?
El hombre de negro no lo dejó acabar. Se acercó a Gringoire y lo empujó rudamente por un hombro. Gringoire se levantó.
—Es verdad —dijo—, no me acordaba de que tenemos prisa… De todas formas, maestro, no es una razón para maltratar asà a la gente… Mi querida y bella niña, vuestra vida está en peligro, y la de Djali. Quieren prenderos de nuevo. Nosotros somos vuestros amigos y venimos a salvaros. Acompañadnos.
—¿Es eso cierto? —exclamó ella, alterada.
—SÃ, totalmente cierto. ¡Venid, rápido!
—No me opongo —balbució ella—. Pero ¿por qué vuestro amigo no habla?
—¡Ah! —dijo Gringoire—, es que su padre y su madre eran personas estrafalarias que le conformaron un temperamento taciturno.