Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Esmeralda tuvo que conformarse con esta explicación. Gringoire la asió de la mano, su compañero recogió la linterna del suelo y echó a andar delante de ellos. La joven, aturdida por el miedo, se dejó llevar. La cabra los seguía dando saltitos, tan contenta de ver de nuevo a Gringoire que le hacía tropezar a cada momento al meterle los cuernos entre las piernas.
—¡Así es la vida! —decía el filósofo cada vez que estaba a punto de caer—. ¡Con frecuencia son nuestros mejores amigos los que nos hacen caer!