Nuestra Señora de París

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Bajaron rápidamente la escalera de las torres, atravesaron la iglesia, llena de tinieblas y de soledad a la vez que de estruendo, lo que producía un impresionante contraste, y salieron al patio del claustro por la Puerta Roja. El claustro estaba abandonado; los canónigos habían huido al obispado para rezar allí en común. En el patio, tan solo algunos lacayos asustados se acurrucaban en los rincones oscuros. Se dirigieron hacia el portillo que comunicaba este patio con el Terrain. El hombre de negro lo abrió con una llave que tenía. Nuestros lectores saben que el Terrain era una lengua de tierra rodeada de muros por el lado de la Cité y perteneciente al capítulo de Notre-Dame, que constituía el final de la isla por el este, detrás de la iglesia. Encontraron aquel recinto totalmente desierto. Allí se percibía menos el tumulto. El estrépito del asalto de los truhanes les llegaba más confuso y menos escandaloso. El viento fresco que sigue el hilo del agua movía las hojas del único árbol plantado en la punta del Terrain con un murmullo ya apreciable. Sin embargo, estaban todavía muy cerca del peligro. Los edificios más cercanos a ellos eran el obispado y la iglesia. En el interior del obispado reinaba claramente un gran desorden. Su masa tenebrosa era surcada por luces que corrían de una ventana a otra, al igual que, cuando se acaba de quemar papel, queda un sombrío edificio de ceniza en el que vivos destellos hacen mil recorridos extraños. Al lado, las enormes torres de Notre-Dame, vistas por detrás con la larga nave sobre la que se yerguen, recortadas en negro sobre el rojo y vasto resplandor que inundaba el Atrio, parecían dos morrillos gigantescos de una chimenea de cíclopes.


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