Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Lo que se veía de París por todos lados oscilaba a la vista sumido en una sombra entreverada de luz. Rembrandt tiene fondos así en sus cuadros.
El hombre de la linterna fue directo a la punta del Terrain. Había allí, al borde del agua, los restos carcomidos de una hilera de estacas unidas con listones, a los que una vid agarraba unas delgadas ramas extendidas como los dedos de una mano abierta. Detrás, en la sombra que proyectaba aquel entramado, estaba escondida una pequeña barca. El hombre hizo una seña a Gringoire y a su compañera indicándoles que subieran. La cabra los siguió. El hombre embarcó el último. Luego cortó la amarra, alejó la embarcación de la orilla con un bichero y, cogiendo dos remos, se sentó en la proa y empezó a remar con todas sus fuerzas hacia el centro del río. El Sena es muy rápido en ese lugar y le resultó bastante difícil alejarse de la punta de la isla.
Lo primero que hizo Gringoire cuando estuvo en la barca fue poner a la cabra sobre sus rodillas. Se sentó en la popa, y la muchacha, a quien el desconocido inspiraba una inquietud indefinible, fue a sentarse al lado del poeta y se estrechó contra él.
Cuando nuestro filósofo vio que la barca se movía, batió palmas y besó a Djali entre los cuernos.
—¡Ah! —dijo—. ¡Ya estamos salvados los cuatro! —Y, con cara de profundo pensador, añadió—: Debemos agradecer unas veces a la fortuna y otras a la astucia el feliz desenlace de las grandes empresas.