Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La barca avanzaba lentamente hacia la orilla derecha. La joven observaba con un terror secreto al desconocido, que había tapado cuidadosamente la luz de la linterna sorda. Se le entreveía en la oscuridad, en la proa de la barca, como un espectro. La capucha le formaba una especie de máscara y los brazos, de los que colgaban unas anchas mangas negras, parecían dos grandes alas de murciélago cada vez que, para remar, los entreabría. Además, aún no había pronunciado una sola palabra, casi no había respirado. No se producía en la barca otro ruido que el vaivén de los remos, mezclado con el roce de los mil pliegues del agua a lo largo de la barca.