Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Por mi honor! —exclamó de pronto Gringoire—. ¡Estamos alegres y contentos como ascálafos! ¡Observamos un silencio de pitagóricos o de peces! ¡Pascua de Dios, amigos mÃos, me gustarÃa que alguien me hablara…! La voz humana es música para el oÃdo humano. No soy yo quien lo dice, sino DÃdimo de AlejandrÃa, y son ilustres palabras… Ciertamente, DÃdimo de AlejandrÃa no es un filósofo mediocre… ¡Una palabra, bella niña! Decidme, os lo suplico, una palabra… Por cierto, antes hacÃais un gracioso y singular mohÃn, ¿seguÃs haciéndolo? ¿Sabéis, amiga mÃa, que el Parlamento tiene jurisdicción sobre los lugares de asilo y que corrÃais un gran peligro en vuestro cuartito de Notre-Dame? ¡Ay, el pajarillo hace su nido en las fauces del cocodrilo…! ¡Maestro, mirad, la luna vuelve a aparecer…! ¡Espero que no nos vean…! Hacemos una cosa loable salvando a la joven, y sin embargo, nos colgarÃan en nombre del rey si nos pillaran. ¡Ay, los actos humanos tienen dos asas con que cogerlos! Reprueban en mà lo que elogian en ti. El mismo que admira a César censura a Catilina. ¿Verdad, maestro? ¿Qué os parece esta filosofÃa? Yo poseo la filosofÃa por instinto, por naturaleza, ut apes geometriam…[139]¡Vamos! Nadie me responde. ¡Pues sà que estáis de mal humor los dos! No me queda más remedio que hablar solo. Es lo que llamamos en la tragedia un monólogo… ¡Pascua de Dios…! Os advierto que acabo de ver al rey Luis XI y que se me ha pegado este reniego… ¡Pascua de Dios, pues!, siguen armando un buen alboroto en la Cité… Es un rey viejo, feo y malo. Va envuelto en pieles. TodavÃa me debe el dinero del epitalamio, y bien poco le ha faltado para colgarme esta noche, lo cual me habrÃa puesto en una situación harto incómoda. Es avaro con los hombres de mérito. DeberÃa leer los cuatro libros de Salviano de Colonia Adversus avaritiam.[140] Realmente es un rey mezquino en el trato con los hombres de letras y comete crueldades bárbaras. Es una esponja para absorber el dinero del pueblo. Su ahorro es como el bazo, que se hincha a costa de la debilidad de los otros órganos. Por eso las quejas contra el rigor de los tiempos se convierten en murmuraciones contra el prÃncipe. Durante el reinado de este sire afable y devoto, las horcas se rompen de tantos ahorcados, los tajos se pudren de tanta sangre, las prisiones revientan como barrigas demasiado llenas. Este rey tiene una mano para coger y otra para colgar. Es el procurador de doña Gabela y de don PatÃbulo. Los grandes son despojados de sus dignidades, y los pequeños abrumados sin cesar con nuevas cargas. Es un prÃncipe exorbitante. No me gusta este monarca. ¿Y a vos, maestro?