Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El hombre de negro dejaba hablar al locuaz poeta mientras él seguía luchando contra la corriente violenta que separa la proa de la Cité de la popa de la isla de Notre-Dame, que hoy llamamos isla de San Luis.
—¡Por cierto, maestro! —dijo súbitamente Gringoire—. En el momento en que llegábamos al Atrio a través de aquella furibunda muchedumbre de truhanes, ¿se fijó vuestra reverencia en el pobre diablo al que vuestro sordo estaba machacando la cabeza contra la balaustrada de la galería de los reyes? Soy corto de vista y no pude reconocerle. ¿Sabéis vos quién podía ser?
El desconocido no respondió una sola palabra, pero dejó bruscamente de remar, sus brazos cayeron a los lados del cuerpo como rotos y su cabeza se inclinó sobre el pecho. Esmeralda lo oyó suspirar convulsivamente y se estremeció. ¡Ya había oído antes esos suspiros!
La barca, abandonada a sí misma, derivó unos instantes a merced del agua. Pero el hombre de negro acabó por erguirse, cogió de nuevo los remos y volvió a bogar contra corriente. Dobló la punta de la isla de Notre-Dame y se dirigió hacia el embarcadero del Port-au-Foin.