Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah! —dijo Gringoire—, allà está la mansión Barbeau… Maestro, mirad aquel grupo de tejados negros que forman unos ángulos singulares, allÃ, bajo ese montón de nubes bajas, deshilachadas, grisáceas y sucias, donde la luna está aplastada y desparramada como la yema de un huevo roto… Es una bonita mansión. Tiene una capilla coronada por una pequeña bóveda con abundantes ornamentos. Encima podéis ver el campanario delicadamente calado. Hay también un agradable jardÃn, formado por un estanque, una pajarera, un eco, un mallo, un laberinto, una casa de fieras y multitud de paseos frondosos muy gratos a Venus. Hay además un pÃcaro árbol al que llaman «el lujurioso», por haber cobijado los amores de una princesa famosa y de un condestable de Francia galante y cultivado… ¡Ay, nosotros, pobres filósofos, comparados con un condestable somos lo mismo que un huerto de coles y rábanos comparado con un jardÃn del Louvre! Pero, después de todo, ¿qué más da? La vida humana, tanto para los grandes como para nosotros, es una mezcla de bien y de mal. El dolor siempre está al lado de la alegrÃa, el espondeo junto al dáctilo… Maestro, tengo que contaros esta historia de la mansión Barbeau. Termina de un modo trágico. Ocurrió en 1319, durante el reinado de Felipe V, el más largo de los reyes de Francia. La moraleja de la historia es que las tentaciones de la carne son perniciosas y malignas. No nos fijemos demasiado en la mujer del vecino, por muy atraÃdos que nuestros sentidos se sientan por su belleza. La fornicación es un pensamiento muy libertino. El adulterio es una curiosidad de la voluptuosidad de otro… ¡Eh, el estruendo aumenta por allÃ!