Nuestra Señora de París

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El tumulto se acrecentaba, efectivamente, alrededor de Notre-Dame. Prestaron atención. Se oían con bastante claridad gritos de victoria. De pronto, cientos de antorchas que hacían resplandecer cascos de soldados se extendieron por la iglesia a todas las alturas, por las torres, por las galerías, bajo los arbotantes. Aquellas antorchas parecían buscar algo; y muy pronto aquellos clamores lejanos llegaron nítidamente hasta los fugitivos:

—¡La egipcia! ¡La bruja! ¡Muerte a la egipcia!

La desventurada dejó caer la cabeza sobre sus manos y el desconocido se puso a remar con más furia hacia la orilla. Mientras tanto, nuestro filósofo reflexionaba. Estrechaba a la cabra entre sus brazos y se apartaba muy despacio de la gitana, que se apretaba cada vez más contra él, como si fuera el último refugio que le quedaba.

Sin duda alguna Gringoire se hallaba sumido en una cruel perplejidad. Pensaba que también la cabra, «según la legislación vigente», sería colgada si volvían a cogerla, que eso sería una pena, ¡pobre Djali!, que era excesivo tener a dos condenadas agarradas a él y que, en fin de cuentas, su compañero estaría encantado de encargarse de la egipcia. Se libraba entre sus pensamientos un violento combate, en el cual, como el Júpiter de la Ilíada, sopesaba alternativamente a la egipcia y la cabra; y las miraba a la una después de la otra con los ojos húmedos de lágrimas, diciendo entre dientes:

—Pero no puedo salvaros a las dos.


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