Nuestra Señora de París

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Una sacudida les advirtió por fin de que la barca había abordado. El griterío siniestro continuaba en la Cité. El desconocido se levantó, se acercó a la egipcia y fue a asirla del brazo para ayudarla a bajar. Ella, sin embargo, lo rechazó y se agarró de la manga de Gringoire, quien, ocupado con la cabra, la apartó casi empujándola. Entonces ella saltó sola a tierra. Estaba tan trastornada que no sabía ni lo que hacía ni adónde iba. Se quedó un momento así, estupefacta, mirando correr el agua. Cuando volvió un poco en sí, estaba sola en el puerto con el desconocido. Al parecer, Gringoire había aprovechado el momento del desembarco para escabullirse con la cabra por la manzana de casas de la calle Grenier-sur-l’eau.

La pobre egipcia se estremeció al verse sola con aquel hombre. Intentó hablar, gritar, llamar a Gringoire, pero su lengua estaba inerte dentro de su boca y ningún sonido salió de sus labios. De pronto notó la mano del desconocido sobre la suya. Era una mano fría y fuerte. Sus dientes castañetearon y se quedó más pálida que el rayo de luna que la iluminaba. El hombre no dijo una palabra. Empezó a subir dando grandes pasos hacia la plaza de Grève sujetándola de la mano. En aquel instante ella sintió vagamente que el destino es una fuerza irresistible. No le quedaba energía, se dejó llevar, corriendo mientras que él caminaba. Aunque en aquella zona el muelle subía, a ella le parecía que bajaba una pendiente.


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