Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Miró hacia todos lados. Ni un transeúnte. El muelle estaba absolutamente desierto. Solo oía ruido y ajetreo en la Cité tumultuosa y rojiza, de la que únicamente la separaba un brazo del Sena y desde donde su nombre le llegaba mezclado con gritos de muerte. El resto de París se extendía a su alrededor en grandes bloques de sombra.
Mientras, el desconocido seguía arrastrándola con el mismo silencio y la misma rapidez. No encontraba en su memoria ninguno de los lugares por donde caminaba. Al pasar por delante de una ventana iluminada, hizo un esfuerzo, se irguió bruscamente y gritó:
—¡Socorro!
El burgués al que pertenecía la ventana la abrió, apareció en camisa con una lámpara, miró hacia el muelle con cara alelada, pronunció unas palabras que ella no entendió y cerró. Era el último destello de esperanza que se apagaba.
El hombre de negro no profirió ni una sílaba, la tenía bien sujeta y apretó todavía más el paso. Ella no opuso más resistencia y lo siguió, destrozada.
De vez en cuando hacía acopio de algunas fuerzas y decía con la voz entrecortada por los baches del suelo y el ahogo de la carrera:
—¿Quién sois? ¿Quién sois?
Él no respondía nada.