Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Llegaron asÃ, andando todo el rato junto al muelle, a una plaza bastante grande. HabÃa un poco de luna. Era la Grève. Se distinguÃa en el centro una especie de cruz negra plantada. Era el patÃbulo. Ella reconoció todo eso y se dio cuenta de dónde estaba.
El hombre se detuvo, se volvió hacia ella y se quitó la capucha.
—¡Oh! —balbució la joven, petrificada—. ¡SabÃa que era de nuevo él!
Era el sacerdote. ParecÃa su propio fantasma. Es un efecto del claro de luna. Parece ser que, bajo esta luz, solo se ven los espectros de las cosas.
—Escucha… —le dijo, y el sonido de aquella voz funesta que la joven no habÃa oÃdo desde hacÃa tiempo la estremeció.
Él continuó. Articulaba las frases de ese modo entrecortado y jadeante que revela profundos temblores interiores.
—Escucha. Estamos aquÃ. Voy a hablarte. Esto es la Grève. Hemos llegado a un punto lÃmite. El destino nos entrega el uno al otro. Yo voy a decidir sobre tu vida; tú, sobre mi alma. Más allá de esta plaza y de esta noche no se ve nada. Asà que escúchame. Quiero decirte… Antes de nada, que no me hables de tu Phoebus. —Mientras decÃa estas cosas, iba de un lado a otro, como si no pudiera estar quieto, sin soltarla—. No me hables de él. Si pronuncias ese nombre, no sé qué haré, pero será terrible.