Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Dicho esto, como un cuerpo que recupera su centro de gravedad, se quedó inmóvil. Pero sus palabras no traslucÃan menos agitación. Su voz era cada vez más baja.
—No vuelvas la cabeza. Escúchame. Es un asunto serio. En primer lugar, esto es lo que ha ocurrido… No es cosa de risa, te lo juro… ¿Qué estaba diciendo…? Recuérdamelo… ¡Ah, sÃ! Hay una sentencia del Parlamento que te lleva de nuevo al cadalso. Acabo de arrancarte de sus manos. Pero te persiguen. Mira.
Extendió un brazo hacia la Cité, donde, efectivamente, la búsqueda parecÃa seguir. Los rumores se acercaban. La torre de la casa del Teniente, situada frente a la Grève, estaba llena de ruido y de luces, y se veÃa correr soldados por el muelle opuesto, con antorchas y gritando:
—¡La egipcia! ¿Dónde está la egipcia? ¡Muerte! ¡Muerte a la egipcia!
—Es evidente que te buscan y que no te miento. Te amo… No abras la boca, no me hables si es para decirme que me odias. Estoy decidido a no volver a oÃrlo… Acabo de salvarte… Déjame primero acabar…Yo puedo salvarte para siempre. Lo he preparado todo. La decisión es tuya. Si tú quieres, yo puedo. —El sacerdote se interrumpió bruscamente—. No, no es eso lo que hay que decir. —Corriendo, y haciéndola correr, pues no la soltaba, fue directo hasta el patÃbulo—. Escoge entre los dos —dijo frÃamente, señalándolo con el dedo.