Nuestra Señora de París

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Ella logró desasirse, cayó al pie del patíbulo y abrazó aquel apoyo fúnebre. Luego volvió a medias su hermosa cabeza y miró al sacerdote por encima del hombro. Parecía una santísima Virgen al pie de la Cruz. El sacerdote había permanecido inmóvil, con el dedo levantado hacia el patíbulo, como una estatua.

Por fin la egipcia le dijo:

—Me produce menos horror que vos.

Entonces él dejó caer lentamente el brazo y miró el suelo con un profundo abatimiento.

—Si estas piedras pudieran hablar —murmuró—, dirían que aquí hay un hombre muy desgraciado.

El arcediano siguió insistiendo. La muchacha, arrodillada ante el patíbulo y cubierta con su larga cabellera, lo dejaba hablar sin interrumpirlo. Su tono era ahora quejumbroso y suave, lo que contrastaba dolorosamente con la dureza altiva de sus rasgos.


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