Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Yo os amo. Os aseguro que es absolutamente cierto. ¿Acaso no sale nada de este fuego que me abrasa el corazón? ¡Ay, muchacha! Noche y día, sí, noche y día, ¿no merece eso ninguna compasión? Os digo que es un amor de la noche y del día, es una tortura… ¡Sufro demasiado, mi pobre niña…! Es algo digno de compasión, os lo aseguro. Como veis, os hablo con delicadeza. Desearía que dejarais de sentir esa aversión hacia mí… ¡Al fin y al cabo, si un hombre ama a una mujer, no es por culpa suya…! ¡Oh, Dios mío…! ¿Es que no me perdonaréis jamás? ¡Me odiaréis siempre! ¡Esto es el final! ¡Es eso lo que me hace malo, enteraos, y horrible a mí mismo! ¡Ni siquiera me miráis! ¡Tal vez estéis pensando en otra cosa mientras yo os hablo, de pie y temblando en el límite de nuestra eternidad, la de ambos…! ¡Sobre todo no me habléis del oficial…! ¡Aunque me arrodillase ante vos, aunque besara, no vuestros pies, no querríais que lo hiciera, sino el suelo que pisáis, aunque llorara como un niño, aunque me arrancara del pecho, no palabras, sino el corazón y las entrañas para deciros que os amo, todo sería inútil, todo…! Y sin embargo, vos no tenéis en el alma más que ternura y clemencia, irradiáis la más hermosa dulzura, sois toda vos suave, buena, misericordiosa y encantadora. ¡Ay, únicamente tenéis crueldad para mí! ¡Oh, qué fatalidad!



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