Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Ocultó su rostro entre las manos. La joven lo oyó llorar. Era la primera vez. AsÃ, de pie y sacudido por los sollozos, presentaba un aspecto más miserable y suplicante que de rodillas. Estuvo llorando de esa forma un rato.
—¡Vamos! —prosiguió, pasadas estas primeras lágrimas—. No encuentro palabras. Sin embargo, habÃa pensado muy bien lo que os dirÃa. Ahora tiemblo y me estremezco, desfallezco en el instante decisivo, siento algo supremo que nos envuelve y balbuceo. ¡Oh, voy a desplomarme si no tenéis compasión de mÃ, compasión de vos! No nos condenéis a los dos. ¡Si supierais cuánto os amo!, ¡cómo es mi corazón! ¡Oh, qué deserción de toda virtud!, ¡qué abandono desesperado de mà mismo! Como doctor, escarnezco la ciencia; como hidalgo, mancillo mi apellido; como sacerdote, convierto el misal en una almohada de lujuria, ¡escupo a mi Dios a la cara! ¡Y todo eso por ti, hechicera! ¡Para ser más digno de tu infierno! ¡Y tú no quieres al condenado! ¡Ah, pero tengo que decÃrtelo todo! Hay algo más, algo más horrible…, sÃ, más horrible…
Al pronunciar estas últimas palabras, su semblante adoptó una expresión de total extravÃo. Se calló un instante y prosiguió como si hablara consigo mismo, pero en voz bien alta:
—CaÃn, ¿qué le has hecho a tu hermano?
Hubo otro silencio y luego prosiguió: