Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Qué le he hecho, Señor? ¡Lo recogÃ, lo crié, lo alimenté, lo amé, lo idolatré, y lo he matado! SÃ, Señor, acaban de aplastarle la cabeza delante de mà contra la piedra de vuestra casa, y ha sido por mi culpa, por culpa de esta mujer, por culpa de ella…
Su mirada era hosca. Su voz iba apagándose. Repitió varias veces más, maquinalmente, haciendo pausas bastante largas, como una campana que prolonga su última vibración:
—Por culpa de ella… Por culpa de ella…
Después, su lengua ya no articuló ningún sonido perceptible, aunque sus labios continuaban moviéndose. De repente, se hundió sobre sà mismo como algo que se derrumba y permaneció en el suelo sin moverse, con la cabeza entre las rodillas.
Un roce de la joven al retirar el pie de debajo de su cuerpo le hizo volver en sÃ. Se pasó lentamente las manos por sus mejillas hundidas y miró unos instantes con estupor sus dedos, que estaban mojados.
—¡Cómo! —murmuró—. ¡He llorado!
Y volviéndose súbitamente hacia la egipcia, dijo con una angustia indescriptible: