Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ay, me habéis mirado llorar frÃamente! Muchacha, ¿sabes que estas lágrimas son lava? ¿Es verdad, entonces, que del hombre al que se odia nada conmueve? PodrÃas verme morir y reirÃas. ¡Oh, yo no quiero verte morir! ¡Una palabra! ¡Una sola palabra de perdón! No me digas que me amas, dime únicamente que deseas amarme, eso bastará, te salvaré. Si no… ¡Oh, el tiempo pasa! ¡Te lo suplico por lo más sagrado, no esperes a que me haya convertido de nuevo en piedra como ese patÃbulo que también te reclama! ¡Piensa que tengo nuestros dos destinos en mi mano, que estoy loco, eso es terrible, que puedo abandonarlo todo, y que hay debajo de nosotros, desgraciada, un abismo sin fondo en el que mi caÃda perseguirá la tuya durante toda la eternidad! ¡Una palabra bondadosa! ¡Di una palabra! ¡Una sola palabra!
La joven abrió la boca para responderle. Él se arrodilló ante ella para recoger con adoración la palabra, tierna quizá, que iba a salir de sus labios. Ella le dijo:
—¡Sois un asesino!
El sacerdote la cogió entre sus brazos con furia y se echó a reÃr con una risa abominable.