Nuestra Señora de París

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—¡Pues sí, un asesino! —dijo—. ¡Y serás mía! Ya que no me quieres como esclavo, me tendrás como amo. Serás mía. Tengo una guarida y voy a llevarte allí. Vendrás conmigo, tendrás que venir conmigo, si no, te entregaré. ¡O morir o ser mía! ¡Ser del sacerdote! ¡Ser del apóstata! ¡Ser del asesino! Desde esta misma noche, ¿me oyes? ¡Vamos! ¡Alegría! ¡Vamos! ¡Bésame, loca! ¡La tumba o mi lecho!

Sus ojos brillaban de impureza y de rabia. Su boca lasciva enrojecía el cuello de la joven, que se debatía entre sus brazos mientras él la cubría de besos espumantes.

—¡No me muerdas, monstruo! —gritó ella—. ¡Eres odioso, infecto, déjame! ¡Voy a arrancarte tus asquerosos cabellos y a arrojártelos a puñados a la cara!

Él enrojeció, palideció, hasta que acabó por soltarla y mirarla con un aire sombrío. Ella se creyó victoriosa y prosiguió:

—¡Te digo que soy de Phoebus, que es a Phoebus a quien amo, que es Phoebus quien es apuesto! ¡Tú, cura, eres viejo! ¡Eres feo! ¡Vete!

Él profirió un grito violento, como el miserable al que le aplican un hierro candente.

—¡Muere, pues! —dijo entre un rechinar de dientes.


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