Nuestra Señora de París

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Ella vio su atroz mirada y trató de huir. Él la asió de nuevo, la zarandeó, la tiró al suelo y se dirigió con pasos rápidos hacia la esquina de la Tour-Roland, arrastrándola tras de sí cogida por las manos.

Al llegar allí, se volvió hacia ella:

—Por última vez, ¿quieres ser mía?

Esmeralda contestó con firmeza:

—¡No!

Entonces él dijo gritando:

—¡Gudule! ¡Gudule! Aquí tienes a la egipcia. ¡Véngate!

La joven notó que la agarraban bruscamente por el codo. Miró. Era un brazo descarnado que salía de una lucera practicada en la pared y que la sujetaba como una mano de hierro.

—¡Sujétala bien! —dijo el sacerdote—. Es la egipcia huida. No la sueltes. Yo voy a buscar a los alguaciles. La verás colgada.

Una risa gutural contestó desde el interior de la pared a aquellas sangrientas palabras.

—¡Ja, ja, ja!

La egipcia vio al sacerdote alejarse corriendo en dirección del puente de Notre-Dame. Por ese lado se oía un galope de caballos.


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