Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La muchacha había reconocido a la malvada reclusa. Jadeando de terror, intentó soltarse. Se retorció, dio varios tirones impulsada por la angustia y la desesperación, pero la mujer la sujetaba con una fuerza inaudita. Los dedos huesudos que la lastimaban se crispaban sobre su carne y le rodeaban todo el brazo. Era más que una cadena, más que un collar de hierro, era una tenaza inteligente y viva que salía del muro.
Exhausta, se apoyó contra la pared, y entonces el miedo a la muerte se apoderó de ella. Pensó en la belleza de la vida, en la juventud, en la visión del cielo, en los aspectos de la naturaleza, en el amor, en Phoebus, en todo lo pasado y en todo lo venidero, en el sacerdote que la denunciaba, en el verdugo que vendría, en el patíbulo que estaba allí. Sintió cómo el pánico le subía hasta la raíz de los cabellos y oyó la risa lúgubre de la reclusa que le decía bajito:
—¡Ja, ja, ja! ¡Van a ahorcarte!
Se volvió, moribunda, hacia la lucera y vio el rostro salvaje de la Sachette a través de los barrotes.
—¿Qué os he hecho yo? —dijo, casi inánime.
La reclusa no respondió, se puso a mascullar con una entonación cantarina, irritada y burlona:
—¡Hija de Egipto! ¡Hija de Egipto! ¡Hija de Egipto!
La desventurada Esmeralda dejó caer la cabeza al darse cuenta de que no trataba con un ser humano.