Nuestra Señora de París

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—¡Oh, sí! —repuso la reclusa—. Seguro que tú habías nacido. Tú estabas allí. ¡Ella tendría tu edad…! Hace quince años que estoy aquí, quince años que sufro, quince años que rezo, quince años que me golpeo la cabeza contra las cuatro paredes… Te digo que fueron unas egipcias las que me la robaron, ¿lo oyes?, y las que se la comieron con sus dientes… ¿Tienes corazón? Imagínate lo que es un niño que juega, un niño que mama, un niño que duerme. ¡Es tan inocente…! ¡Pues bien, eso es lo que me robaron, lo que mataron! ¡Dios lo sabe bien…! Hoy me toca a mí, voy a comer carne de egipcia… ¡Oh, cómo te mordería si los barrotes no me lo impidieran! ¡Tengo la cabeza demasiado grande…! ¡Pobre pequeñina! ¡Mientras dormía! ¡Y si la despertaron al cogerla, por más que gritara, yo no estaba allí…! ¡Ah, madres egipcias, os comisteis a mi hija! ¡Venid a ver a la vuestra!

Entonces se echó a reír o a hacer rechinar los dientes, las dos cosas se confundían en aquella cara furiosa. Empezaba a despuntar el alba. Un reflejo ceniciento iluminaba vagamente esta escena, y el patíbulo se volvía cada vez más nítido en la plaza. Por el otro lado, hacia el puente de Notre-Dame, la pobre condenada creía oír acercarse el galope de caballos.


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