Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Señora! —gritó juntando las manos, de rodillas, con el cabello revuelto, desesperada, muerta de miedo—. ¡Señora! Tened piedad. Ya vienen. Yo no os he hecho nada. ¿Queréis verme morir de esa horrible manera? Estoy segura de que sois compasiva. Es demasiado horrible. Dejadme escapar. ¡Soltadme, por favor! ¡No quiero morir asÃ!
—¡Devuélveme a mi hija! —dijo la reclusa.
—¡Piedad! ¡Piedad!
—¡Devuélveme a mi hija!
—¡En nombre del cielo, soltadme!
—¡Devuélveme a mi hija!
La joven cayó otra vez, agotada, destrozada, ya con la mirada vidriosa del que está en la fosa.
—¡Ay! —balbució—, vos buscáis a vuestra hija y yo busco a mis padres.