Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Devuélveme a mi pequeña Agnès! —insistió Gudule—. ¿No sabes dónde está? ¡Entonces, muere…! Voy a decirte algo. Yo era una mujer de vida alegre, tenÃa una hija y me la quitaron… Fueron las egipcias. Asà que, como ves, tienes que morir. Cuando tu madre egipcia venga a reclamarte, le diré: ¡Madre, mira esa horca…! O devuélveme a mi hija… ¿Sabes dónde está mi hijita? Espera, voy a enseñarte una cosa. Este es su zapatito, todo lo que me queda de ella. ¿Sabes dónde puede estar su pareja? Si lo sabes, dÃmelo, y si está en el otro extremo del mundo, iré a buscarlo andando de rodillas.
Mientras decÃa esto, con el otro brazo extendido por fuera de la lucera le enseñaba a la egipcia el zapatito bordado. HabÃa ya suficiente claridad para distinguir su forma y sus colores.
—¡Dejadme ver ese zapatito! —dijo la egipcia estremeciéndose—. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!
Y al mismo tiempo, con la mano que tenÃa libre, abrió la bolsita adornada con abalorios verdes que llevaba colgada del cuello.
—¡Anda, anda! —mascullaba Gudule—. ¡Toquetea tu amuleto del demonio!
De pronto, se interrumpió, tembló de la cabeza a los pies y gritó con una voz que venÃa de lo más profundo de sus entrañas:
—¡Mi hija!