Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La egipcia acababa de sacar de su bolsa un zapatito absolutamente igual que el otro. El zapatito llevaba atado un pergamino en el que estaba escrito este pareado:
Un dÃa su pareja encontrarás,
y ese dÃa tu madre te abrazará.
A la velocidad del rayo, la reclusa puso juntos los dos zapatos, leyó la inscripción del pergamino y pegó a los barrotes de la lucera la cara, deslumbrante de una alegrÃa celestial, gritando:
—¡Hija mÃa! ¡Hija mÃa!
—¡Madre! ¡Madre! —contestó la egipcia.
Llegados a este punto, renunciamos a describir la escena.
La pared y los barrotes de hierro se interponÃan entre ellas.
—¡Oh, la pared! —gritó la reclusa—. ¡Verla y no poder abrazarla! ¡Tu mano! ¡Tu mano!