Nuestra Señora de París

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La joven pasó un brazo a través de la lucera y la reclusa se abalanzó sobre su mano, pegó sus labios a ella y permaneció así, abismada en ese beso, sin dar otro signo de vida que un sollozo que levantaba sus caderas de cuando en cuando. Sin embargo, lloraba a mares, en silencio, en la oscuridad, como una lluvia nocturna. La pobre madre vaciaba a oleadas sobre aquella mano adorada el negro y profundo pozo de lágrimas que llevaba dentro, en el que todo su dolor había penetrado gota a gota desde hacía quince años.

De repente, se levantó, se apartó los largos cabellos grises de la frente y, sin decir una palabra, empezó a zarandear con las dos manos los barrotes de la celda con más furia que una leona. Los barrotes resistieron. Entonces fue a buscar a un rincón de la celda un grueso adoquín que le servía de almohada y lo lanzó contra ellos con tal violencia que uno de los barrotes se partió despidiendo chispas. Un segundo golpe rompió totalmente la vieja cruz de hierro que cerraba la lucera. Con las dos manos, acabó de doblar y apartar los trozos oxidados de barrotes. Hay momentos en que las manos de una mujer tienen una fuerza sobrehumana.

Una vez libre el paso, y no hizo falta más de un minuto para ello, cogió a su hija por la cintura y tiró de ella para meterla en la celda.

—Ven, voy a sacarte del abismo —murmuraba.


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