Nuestra Señora de París

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Le decía mil cosas extravagantes, hermosas por el tono que empleaba, desarreglaba la ropa de la pobre muchacha hasta sonrojarla, le alisaba sus cabellos de seda con las manos, le besaba los pies, las rodillas, la frente, los ojos, se extasiaba con todo. La joven se dejaba hacer, repitiendo muy bajito y con una dulzura infinita:

—¡Madre!

—Ya verás, mi niña —proseguía la reclusa, intercalando besos entre sus palabras—, ya verás cuánto voy a quererte. Nos iremos de aquí. Vamos a ser muy felices. He heredado algo en Reims, en nuestra tierra. En Reims, ya sabes. ¡Ah, no, no lo sabes, claro, eras demasiado pequeña! ¡Si supieras lo guapa que eras a los cuatro meses! ¡Tenías unos piececitos que la gente venía a ver por curiosidad desde Épernay, que está a siete leguas! Tendremos un terreno y una casa. Te acostaré en mi cama. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Quién podría creerlo? ¡Tengo a mi hija!

—¡Oh, madre! —dijo la joven, encontrando por fin fuerzas para hablar pese a su emoción—. La egipcia me lo había asegurado. Había una buena mujer que murió el año pasado y que siempre había cuidado de mí como una nodriza. Fue ella quien me colgó esta bolsita al cuello. Siempre me decía: Pequeña, guarda bien esta joya. Es un tesoro que te permitirá encontrar a tu madre. Llevas a tu madre colgada del cuello. ¡La egipcia lo había predicho!


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