Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La Sachette estrechó de nuevo a su hija entre sus brazos.
—¡Ven que te bese! Eres encantadora hablando. Cuando estemos en casa, calzaremos a un niño Jesús de la iglesia con estos zapatitos. Se lo debemos a la santÃsima Virgen. ¡Dios mÃo, qué bonita voz tienes! ¡Cuando me hablabas hace un momento, era como oÃr música! ¡Ah, Señor Dios mÃo, he encontrado a mi hija! ¡Es increÃble esta historia! Si no me he muerto de alegrÃa, es que no morimos de nada. —Se puso otra vez a batir palmas, y a reÃr, y a gritar—: ¡Vamos a ser muy felices!
En ese momento a la celda llegó un tintineo de armas y un galope de caballos que parecÃa venir del puente de Notre-Dame y acercarse cada vez más por el muelle. La egipcia se abalanzó angustiada en brazos de la Sachette.
—¡Salvadme! ¡Salvadme, madre! ¡Ya vienen!
La reclusa se quedó pálida.
—¡Cielo santo! ¿Qué dices? ¡HabÃa olvidado que te persiguen! ¿Qué has hecho?
—No lo sé —respondió la desdichada criatura—, pero estoy condenada a muerte.
—¡A muerte! —dijo Gudule, tambaleándose como si la hubiera alcanzado un rayo—. ¡A muerte! —repitió despacio, mirando fijamente a su hija.
—SÃ, madre —contestó la joven, desesperada—. Quieren matarme. Vienen a prenderme. ¡Esa horca es para mÃ! ¡Salvadme! ¡Salvadme! ¡Ya llegan! ¡Salvadme!