Nuestra Señora de París

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La reclusa permaneció unos instantes inmóvil, como petrificada, y luego movió la cabeza en muestra de duda.

—¡Jo, jo, jo! —De pronto se había puesto a reír con aquellas horribles carcajadas de antes—. Es un sueño lo que me dices. ¡Claro que sí! ¡Resulta que la había perdido, eso había durado quince años, y luego la encontraba y eso solo duraba un minuto! ¡Volvían a quitármela! ¡Y ahora, cuando es guapa, cuando es mayor, cuando me habla, cuando me quiere, ahora es cuando venían a comérsela delante de mis ojos, delante de mí, que soy su madre! ¡Oh, no! ¡Esas cosas no son posibles! ¡Dios no permite que sucedan!

El galope pareció detenerse y se oyó una voz lejana que decía:

—¡Por aquí, micer Tristan! El sacerdote dice que la encontraremos en el Agujero de las Ratas.

El ruido de caballos volvió a oírse. La reclusa se puso de pie profiriendo un grito desesperado:

—¡Huye! ¡Huye, hija mía! Ahora me acuerdo de todo. Tienes razón. ¡Es tu muerte! ¡Horror! ¡Maldición! ¡Huye! —Asomó la cabeza por la lucera y la retiró rápidamente—. Quédate —dijo en voz baja y lúgubre apretando convulsivamente la mano de la egipcia, más muerta que viva—. ¡Quédate! ¡No respires! Hay soldados por todas partes. No puedes salir. Hay demasiada luz.


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