Nuestra Señora de París

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Sus ojos estaban secos y ardientes. Se quedó un momento callada. Solo daba grandes pasos por la celda, y se paraba de vez en cuando para arrancarse puñados de pelo gris que después rompía con los dientes.

—Ya se acercan —dijo de pronto—. Voy a hablar con ellos. Escóndete en ese rincón. No te verán. Les diré que te has escapado, que te solté.

Dejó a su hija, a la que todavía llevaba en brazos, en una esquina de la celda que no se veía desde fuera. La colocó de manera que ni sus pies ni sus manos sobrepasaran la oscuridad, le soltó su cabellera negra y la extendió sobre su vestido blanco para taparlo, puso ante ella la jarra y el adoquín, los únicos muebles que tenía, creyendo que la ocultarían. Y cuando hubo terminado, ya más tranquila, se arrodilló y rezó. El día, que no hacía sino empezar a despuntar, dejaba aún muchas tinieblas en el Agujero de las Ratas.

En ese instante, la voz del sacerdote, aquella voz infernal, pasó muy cerca de la celda gritando:

—¡Por aquí, capitán Phoebus de Châteaupers!

Al oír ese nombre, al oír esa voz, Esmeralda, agazapada en su rincón, hizo un movimiento.

—¡No te muevas! —dijo Gudule.


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