Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Apenas acababa de decirlo cuando un tumulto de hombres, de espadas y de caballos se detuvo alrededor de la celda. La madre se levantó deprisa y fue a apostarse ante la lucera para cubrirla. Vio una numerosa tropa de soldados, a pie y a caballo, formada en la Grève. El que estaba al mando puso pie a tierra y se dirigió hacia ella.
—¡Tú, vieja! —dijo aquel hombre, que tenía un semblante atroz—, buscamos a una bruja para colgarla. Nos han dicho que la tenías tú.
La pobre madre adoptó la expresión más indiferente que pudo y respondió:
—No sé qué queréis decir.
El hombre repuso:
—¡Voto a Dios! ¿Qué historia contaba entonces ese loco del arcediano? ¿Dónde está?
—Monseñor —dijo un soldado—, ha desaparecido.
—Ándate con ojo, vieja loca —prosiguió el comandante—, no me mientas. Te han dejado a una bruja para que la retengas. ¿Qué has hecho con ella?
La reclusa no quiso negarlo todo por miedo a despertar sospechas y respondió en un tono sincero y enfurruñado:
—Si os referís a una muchacha que me han puesto en las manos hace un rato, debo deciros que me mordió y la solté. Ya lo sabéis. Dejadme en paz.
El comandante hizo una mueca de contrariedad.